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Ocho mil kilómetros hacia la paz

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Socios de Rotary de una pequeña localidad de Nueva Escocia (Canadá) abren las puertas de su comunidad a dos familias de refugiados sirios donde han empezado una nueva vida.

Por Producción de

El pueblo en las afueras de Homs (Siria) donde habitaba Sultanah Alchehade y sus cuatro pequeños hijos había sido sacudido por previas explosiones, pero ésta se sintió mucho más cerca que las otras. La explosión no solo causó daños a la escuela junto a su casa sino que también derrumbó una de las paredes de la vivienda.

Alchehade empuñó a sus hijos y se lanzó a la noche entre una nube asfixiante de humo y polvo. Un vecino cargó a Mounzer y Kaiss, sus mellizos de tres años; otro se puso al volante de la camioneta en la que todos huyeron. Como las bombas siguieron cayendo durante varios días más, la familia, junto con Kawthar y Roukia, una niña de seis años y una bebé, respectivamente, buscó refugio en un bosque cercano, durmiendo bajo los árboles, mientras Sultanah dilucidaba el próximo paso a tomar.

En el vecino Líbano, su marido, Mazen, trataba desesperadamente de comunicarse con su esposa. Mazen llevaba años cruzando la frontera entre semanas para trabajar como albañil, construyendo rascacielos en Beirut. A pesar de los ingresos que generaba para la familia, la separación era difícil, y la situación solo empeoraría más. 

La guerra civil azotaba el pueblo y Mazen no podía regresar a su hogar. Pasarían cuatro meses antes de que su esposa e hijos pudieron cruzar a Líbano. 

La familia se reunió finalmente. Estaban vivos, pero ahora eran refugiados, en busca de asilo en cualquier país que se apiadara de ellos, con la esperanza de escapar lo más lejos posible de la violencia que los había desalojado a tierras extranjeras como a millones de ciudadanos sirios. 

Tras inscribirse con la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), organismo a cargo del reasentamiento de los refugiados sirios, la familia tuvo que pasar tres años en Líbano.

Mientras tanto, a 8.000 kilómetros de distancia, rotarios en Amherst, pequeña localidad de Nueva Escocia, veían las imágenes de los refugiados sirios en la televisión, pensando de qué manera podían ayudar. 

  1. A los hermanitos Alchehade les encanta la canción del alfabeto que les enseñaron sus tutores de inglés.

  2. Mazen Alchehade, quien trabaja para una empresa de jardinería, acompaña a su hija de seis años Kawthar a la parada del autobús escolar. 

  3. Después de verse forzados a huir de sus hogares durante la sangrienta guerra civil en su país, Mazen y Sultanah Alchehade están rehaciendo sus vidas junto con sus hijos en Nueva Escocia. Más de 11 millones de personas han sido desplazadas desde el inicio del conflicto en 2011. 

  4. Como Sultanah Alchehade y su marido, Mazan, preferían vivir en una comunidad pequeña como lo hicieron en Siria, optaron por Amherst en lugar de Toronto o Montreal. 

  5. Los chicos Alchehade jugando en la nieve.

Una nueva cultura 

En septiembre de 2015, los socios del Club Rotario de Amherst empezaron a planear su próximo proyecto internacional. En el transcurso de los años, el grupo había ayudado a construir y equipar una escuela en Sudáfrica, procurado materiales didácticos a escolares en las Bahamas y recaudado fondos para las zonas afectadas por desastres alrededor del mundo. En esta ocasión, tenían la mente fija en Siria, al ver que la difícil situación de los refugiados dominaba las noticias.

“Como rotarios no podíamos quedarnos de brazos cruzados ante las imágenes que veíamos día a día”, dice Ron Wilson, ingeniero civil semijubilado. "Familias enteras pereciendo en el trayecto a Europa u otros lugares, tratando desesperadamente de huir de la guerra, dejando atrás sus hogares. Fueron esas imágenes desgarradoras lo que nos llevó a tomar acción”.

Ann Sharpe se había unido a Rotary justo para trabajar en proyectos a favor de los refugiados. En mayo de 2014, fue a la boda de unos amigos en Turquía, país que ha recibido el mayor número de refugiados sirios desde 2011, llegando éstos a casi tres mil. Durante su estancia en Estambul, Sharpe vio a niños refugiados mendigando comida o dinero por las calles.

  • 11.00

    millones de sirios han sido desplazados desde 2011

     

  • 2.00,9

    millones de refugiados sirios se han reubicado en Turquía

  • 40000.00+

    refugiados sirios se han reubicado en Canadá desde 2015

  • 884000.00

    sirios han solicitado asilo en Europa

“Me sentí impotente de no poder hacer nada. Esta situación me ha afectado mucho, como nunca antes”, dice Sharpe. “Somos afortunados de que en Canadá no pasan ese tipo de cosas. Para mí, Rotary fue el mejor vehículo para hacer algo al respecto”.

 

En noviembre de 2015, el recién elegido gobierno Liberal de Canadá comenzó a recibir un número considerable de refugiados sirios. El país se había comprometido a conceder asilo a 25.000 refugiados a finales de febrero de 2016. Para febrero de 2017, el total había superado ya los 40.000. 

Bill Casey, parlamentario del partido Liberal por el distrito de Cumberland-Colchester y residente de Amherst, respalda la decisión. Según él, la disposición del país a aceptar a los refugiados, dará lugar a un renacimiento multicultural en las comunidades y los vecindarios de Nueva Escocia.

 “Nos emociona el hecho de estar expuestos a una nueva cultura, ya que en los últimos 100 años la inmigración a Nueva Escocia ha sido mínima”, dijo Casey. “Muchos sirios al llegar a Canadá emprenden sus propios negocios. Pienso que el haber abierto nuestras puertas a los refugiados será algo que nos servirá de ejemplo, del cual podemos estar muy orgullosos”.

Los socios comenzaron a elaborar un plan para recibir una familia siria en Amhrest en la primera reunión del club a la que asistió Sharpe. Debido a su entusiasmo por la iniciativa, el Comité Internacional la nombró esa misma noche copresidenta del proyecto de refugiados. 

Como primer paso, el club sondeó el interés de la comunidad por el proyecto. Se enteraron de que dos iglesias de la localidad, la Primera Baptista y la Sagrada Familia, también estaban interesadas en ayudar a los refugiados. 

La cooperación con las iglesias fue una gran ventaja logística, ya que ambas habían suscrito un acuerdo de patrocinio con el gobierno para traer familias de refugiados al país. De otra manera, el trámite le hubiera tomado dos años al club de Amherst. Por su parte, el club asumió las tareas administrativas, las comunicaciones con el gobierno y estuvo a cargo de las actividades de captación de fondos, además de donar US$ 5.000 para iniciar el proyecto.  

“Debido a la organización que nos ofrecía Rotary, para nosotros fue obvio asociarnos con los rotarios”, dice Frank Allen, feligrés de la Sagrada Familia e integrante del Comité Directivo. “Nos quitaron un gran peso de encima, ya que así pudimos concentrarnos en otros aspectos del proyecto. En realidad fue un regalo del cielo”.

Sharpe afirma que los socios del club hicieron las averiguaciones del caso, pero sin mucha cavilación. 

“A veces para hacer algo solo hay que dar un salto de fe”, aconseja a los clubes que están considerando proyectos similares. “Si le hubiéramos dado mucha vuelta al asunto, quizás no hubiéramos hecho nada. Pero todos estábamos convencidos de que era la manera correcta de actuar”.

El gobierno canadiense gestiona el Blended Visa Office-Referred Program, mediante el cual se empareja a los refugiados que identifica la ACNUR con auspiciadores particulares. El programa procura, además, hasta seis meses de ayuda económica, mientras que, por su parte, los auspiciadores particulares contribuyen otros seis meses de fondos y brindan servicios sociales por un año como traducción, instrucción lingüística y asesoramiento laboral.

La sociedad entre el club rotario y las dos iglesias dio buenos resultados, en unos cuantos meses habían recaudado suficientes fondos para auspiciar a una familia (el gobierno calcula un mínimo de US$ 27.000 por familia), y presentaron la documentación requerida. El grupo recaudó más de US$ 72.000. 

El gobierno canadiense y la ACNUR llevan a cabo un minucioso proceso de preselección entre los refugiados antes de ser admitidos al país, parte del cual incluye exámenes biométricos, huellas dactilares, chequeos de salud, verificación de documentos y varias entrevistas personales. 

La integración de una familia de refugiados en una comunidad requiere más que documentación y exámenes, ya que depende, en gran medida, de la aceptación de la comunidad en sí. En noviembre de 2015, el grupo de Amherst convocó un foro público en una escuela de la localidad, para informar a los residentes acerca del proyecto, contestar preguntas y sondear el sentir general.

“No hubo oposición alguna”, dice Sharpe.  “No sabíamos qué esperar, ya que mucha gente en el país se preguntaba si los refugiados sirios constituirían un problema de seguridad. Para serles franco, nunca me imaginé que la comunidad iba estar tan dispuesta a aceptar el proyecto. Procuraron fondos, donaciones en especie, moblaje, todo lo que pedíamos”.

Con el firme apoyo de la comunidad de Amherst, el club dio la bienvenida a la primera familia siria, los Latif, en enero de 2016. En vista del éxito alcanzado, el grupo decidió traer una segunda familia. 

En agosto del mismo año, la familia Alchehade abordó un avión a Canadá, convirtiéndose en la segunda familia que el grupo auspiciaba. Su largo periplo a una nueva tierra había terminado. Recién empezaba su viaje hacia una nueva vida.

Un nuevo comienzo en el horizonte

El aletargado pueblo de Amherst, con 9.000 habitantes, se encuentra al borde de los pintorescos manglares de Tantramar, uno de los pantanos de sal más grandes de la costa Atlántica.  Las calles que rodean la arteria principal de cinco manzanas albergan casas victorianas ornamentadas. La cadena de restaurante de comida al paso y supermercado se encuentran a más de dos millas de distancia. 

Ayudada por la rotaria Ann Sharpe, Kawthar se desliza por la pista, es la primera vez que la familia hace patinaje en hielo, pasatiempo nacional en Canadá. 

Aunque muchos refugiados sirios optan por instalarse en Toronto o Montreal, donde hay mayores recursos y posibilidades de empleo, los Alchehade prefirieron una comunidad más pequeña, como la que dejaron atrás en Siria, donde cultivaban almendros y olivos y criaban vacas, cabras y ovejas. 

La familia llegó a Amherst con lo que traían a cuestas. La mayor parte de los muebles en su nuevo hogar, un modesto departamento de dos dormitorios cerca a los manglares, les fue donada.

Los cuatro chicos tienen mucha energía, juegan juntos y son muy atentos con los socios del club que los visitan.

Les encanta jugar en la nieve y cantar la canción del alfabeto que le enseñaron los tutores de inglés que visitan a la familia con regularidad. La cantan mientras miran televisión, juegan en la calle y cuando llega visita.  

Gracias al club rotario, Mazen consiguió trabajo en Fundy Landscaping, empresa que realiza trabajos de albañilería y contrucción de patios y terrazas, aprovechando la experiencia que adquirió en Líbano.

“Hace un buen trabajo”, dice el propietario del negocio Peter Michels. “No tengo que explicarle las cosas dos veces. Hace todo lo que le pedimos sin problema. Es muy hábil y su ética de trabajo es impresionante”.

Michels, cuyos padres inmigraron a Canadá después de la Segunda Guerra Mundial, dice identificarse con Mazen y su familia. 

Sultanah y sus tres hijos más pequeños van todas las semanas a Maggie’s Place, un centro comunitario familiar que ofrece programas educativos y sociales a padres e hijos. Es una oportunidad para que los Alchehade socialicen con otras familias, un paso importante para integrarse en la comunidad.

“Imagínate que has perdido todo lo que tienes”, dice. “Tienes que comenzar de nuevo en un sitio donde no sabes si te aceptarán o no. Por eso me pongo en su lugar, porque quizás eso fue lo que mi propia familia vivió, con la esperanza de que al llegar a este país alguien les tendiera una mano”. 

Todos en el pueblo están ayudando a las familias refugiadas, profesores que sirven de tutores a los chicos y dentistas proporcionándoles atención dental gratuita. Mazen ya obtuvo su carnet de conducir y Sultanah está participando en clases de cocina con otras madres de la comunidad, e incluso les está enseñando a preparar unos platos sirios.

Los chicos están aprendiendo a patinar en hielo, el pasatiempo nacional de Canadá. Son pequeños pasos en el largo proceso de integración, que el club espera los ayudará a encontrar su lugar en la sociedad canadiense”, dice Wilson. 

Los Alchehade no saben si volverán algún día a Siria, por el momento Canadá es su hogar. Es aquí donde quieren ver crecer a sus hijos. 

Aunque Mazen todavía batalla con el inglés, no le faltan palabras para compartir el sueño que tiene para sus hijos: “Quiero que sean pioneros”.

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Mira el video que narra cómo los socios de Rotary auspiciaron una familia de refugiados

El Club Rotario de Amherst de Nueva Escocia (Canadá), unió esfuerzos con dos iglesias de la localidad, la Primera Baptista y la Sagrada Familia, para auspiciar a dos familias de refugiados sirios. Los socios del club lideraron la iniciativa poniendo en práctica sus competencias y experencia. En el video escucharás a los líderes de las tres organizaciones hablando sobre cómo llevaron a cabo el proyecto con éxito.